lunes, 30 de julio de 2012





FE

Dos jóvenes, gravemente enfermos, compartían el mismo cuarto en un hospital.
A uno de ellos lo hacían sentar una hora por día recostado en su respaldo para favorecer el drenaje.
Su cama daba a la única ventana del cuarto. La cama del otro, en la otra extremidad quedaba al margen de toda posibilidad de ver hacia fuera.

Los enfermos, tanto como podían, pasaban horas conversando desde sus camas, evocando sus familias, sus trabajos, sus amigos, sus viajes…
Cuando sentaban al enfermo de la ventana en su cama, este pasaba su hora de tratamiento describiendo a su compañero lo que veía al exterior. Había un hermoso bosque en donde frecuentemente se veían animales. Un lago en donde las aves sobrevolaban y los niños entusiasmados hacían navegar sus barquitos a vela. Un césped y un jardín en donde se diría que las flores habían sido coloreadas por el arco iris. El joven enfermo del otro extremo del cuarto, desde hacia días había comenzado a vivir de nuevo a través de las animadas escenas descriptas por su amigo de la ventana. Este le contaba que las parejas caminaban tomadas de la mano. Más lejos
Otra pareja se divertía con sus niños haciendo volar un barrilete.

Y ahora, cosa inesperada, unos chicos con guitarras a la distancia cantaban atrayendo a los que paseaban. Claro que la ventana cerrada  impedía a los enfermos escuchar la música. Lastima, decía el relator, deben tocar bien, por el entusiasmo de la gente. Mientras el joven de la ventana describía las imágenes que desfilaban delante, el otro cerraba sus ojos e imaginaba las pintorescas escenas. Los días y las semanas pasaron y cada día el joven del fondo del cuarto esperaba con cierta ilusión ver la descripción de su compañero de cuarto.

Una mañana, la enfermera llego como cada día para preparar a los pacientes antes de la visita de los médicos, encontró con tristeza  el cuerpo sin vida del joven enfermo de la ventana  quien se había ido apaciblemente durante el sueño. Llamo a los camilleros para que retiraran el cuerpo.
Tiempo después, y tan pronto como le pareció oportuno, el otro joven enfermo, un poco mas recuperado, pero con tristeza le pidió a la enfermera si podía desplazarlo al lugar de la ventana. Esperaba ver con sus propios ojos las coloridas imágenes que durante tantos días su amigo le había trasmitido. La enfermera, contenta de poder proporcionarle  ese servicio, lo cambio de lugar, y en cuanto constato que el enfermo estaba cómodo lo dejo solo.

Lentamente este se deslizo en su cama, hasta lograr incorporarse lo suficiente para mirar a través de la ventana. Pero para su inesperada sorpresa, delante de el y pocos metros afuera, se interponía un
Enorme muro blanco.
Contrariado, el enfermo pregunto mas tarde a la enfermera, que motivos tendría su compañero fallecido al describirle tantas falsas escenas. “Imposible que lo viera”, contesto la enfermera, “el joven junto a la ventana era ciego y por supuesto no podía ni haber llegado a ver el muro de enfrente. El debe haber inventado todo esto seguramente deseando transmitirle a usted, fortaleza y alegría de vivir”

Conclusión. Hacer felices a los demás es el secreto de la propia felicidad. La economía de la alegría
Es extraña. Un dolor compartido se reduce a la mitad, pero la felicidad compartida se multiplica



“Es pues la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1)

1 comentario: